Discursos

Hace uso de la palabra por dos ocasiones el C. Diputado Abel Vicencio Tovar acerca de los acontecimientos del 2 de Octubre de 1968.

Legislador: Abel Vicencio Tovar
Legislatura: LIV (1988-1991) Legislatura Periodo:1991 Tercer Año de Ejercicio Comisión Permanente (Julio – Octubre 1990)
Tipo de Periodo: Ordinario Fecha:miércoles, 02 de octubre de 1991
Tipo de sesión: Ordinaria  

El Presidente Senador Emilio M. González: Se concede el uso de la palabra al diputado Abel Vicencio Tovar.

El diputado Abel Carlos Vicencio Tovar: Señores legisladores; con la venia del señor Presidente: Se ha convertido ya en una tradición y no seré yo quien contribuya a su desaparición, hacer referencia en este día en los foros públicos, en los medios en la Prensa, en la red social que todos los días genera nuevas formas de vida, aquella gesta heroica, por un lado, por parte de estudiantes, de maestros, en la universidad; holocausto, triste holocausto. Por otro lado, por parte del gobierno federal.

Hacer referencia a un hecho del pasado tiene un sentido profundo de recreación porque la historia, señores, no es simplemente una sucesión de acontecimientos que se van eslabonando, algo que se frustra o algo que se logra la alegría o la satisfacción del hombre o el profundo y colectivo dolor humano algo generan. Después de cada acontecimiento el mundo es distinto y las fuerzas que como en ocasión como ésta a la que hago referencia, se enfrentan, generan nuevas formas de vida.

Por eso tiene sentido hacer referencia a una etapa triste, pero también brillante, de la historia de México. ¿Qué hubiera sido de México? ¿Qué hubiera pasado si los lamentables hechos de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, no se hubieran dado? No creo que nadie, ni ninguno de los presentes, ni los más profundos historiadores y analistas de la política de México, pudieran afirmar con toda certeza lo que hubiera sido México, lo que hubiera pasado en México.

Sí puedo afirmar, creo que con el asentimiento de la razón, que algo muy caro murió en México y que algo también valioso nació de este acontecimiento.

Protagonismo en esto, podría decir que pertenecí a esa generación, fui en parte protagonista, tal vez eventual. 

Experiencias como la de haber sido obligado a salir precipitadamente de una salón de actos de una facultad en donde comentábamos el asunto ante los estudiantes, porque el ejército ya estaba rodeando Ciudad Universitaria, puede ser uno. El profundo dolor de un maestro en el próximo pase de lista después del acontecimiento juzga totalmente innecesario pronunciar ciertos nombres, porque sabía que no iban a responder. El amago ridículo, pero no menos agresivo, de las armas dirigidas al que habla solamente porque gritó ¡Viva la universidad¡ son en todo caso pálidos reflejos de los profundos dolores de mujeres, de hombres y, sobre todo de jóvenes en México.

Alguien dijo entonces y con razón “que un joven es una incógnita. Matar a un joven es matar la posibilidad del misterio”, todo lo que hubiera podido ser su extraordinaria riqueza, su complejidad, ¿Qué hubieran sido los jóvenes asesinados?

Independientemente de la posición que entonces se asumió o la que pueda ser ahora, tenemos por lo menos que hacernos esa reflexión. Se ha escrito tanto y se ha dicho tanto sobre estos dolorosos acontecimientos, que probablemente en el tiempo y oportunidad que una tribuna como ésta nos puede ofrecer, sería imposible agotar siquiera lo fundamental.

Sí quiero apuntar, sin embargo, que una sociedad entendida como esa alianza profunda, como esa participación vital en las tareas de la vida que los seres humanos mantienen y que da lugar a diversas formas de presentación y de existencia, ese resultado de la sociabilidad humana y de la solidaridad sin concepción o barniz político, como aquella que se dio con los temblores de 1985, es todo este conjunto, esta comunidad natural de amor, de vida, de inteligencia y de participación; es algo más, mucho más rico, mucho más grande que las estructuras derivadas de una organización política de un estado y de una ley.

Y, en principio, lo menos que puede decirse es que el estado, ajeno por complejo al sentir de la sociedad, sin la capacidad de advertir lo que la indignación por la injusticia estaba gestando en los jóvenes, se manifestó al final totalmente incapaz de resolver como autoridad un problema y simplemente se decidió a ejercitar el poder con todas sus consecuencias.

Y he empleado deliberadamente dos palabras: se manifestó el Estado mexicano totalmente incapaz de ejercitar la autoridad, porque la autoridad es una potestad natural que resulta también, naturalmente hablando, del lugar que naturalmente hablando ocupa el dirigente en una estructura social: jefes del ejército, gabinete, Presidente de la República. Difícilmente, sin el atributo de esta autoridad, serían realmente, pero con mucha frecuencia falta esta potestad, con mucha frecuencia esta capacidad y esta obligación de dirigir al bien común, que ése es el fin de la autoridad, es suplida simplemente por la capacidad de imponer la propia voluntad y lo menos que puede decirse de 1968 es que el Estado mexicano y todos sus dirigentes fallaron totalmente, absolutamente, lamentablemente como autoridades y se dedicaron a tratar de resolver un problema por el uso de la fuerza es decir simplemente empleando el poder.

Algo tal vez murió: reformas universitarias, elevación de la calidad moral e intelectual del estudiantado. El hecho por ejemplo de que ahora, en 1991, todavía haya quienes se indignen por que se quieran aumentar las cuotas de las colegiaturas en la universidad nacional, que son 350 pesos por semestre, o de 40 pesos por los exámenes extraordinarios y cosas por el estilo, nos deben hacer que algo tal vez no nació entonces.

Pero, en todo caso, hay quien dice, como Revel, que la mentira es la fuerza más grande que mueve al mundo y cuantas mentiras se han escrito y se han dicho sobre estos acontecimientos. No me toca ni debo insistir en cada una de las grandes mentiras porque están en cada uno de los que con un mínimo de capacidad de juicio actual, conocieron o tienen capacidad de análisis para aplicarlo sobre este problema. Quien tiene en las manos el poder puede manejar la versión que la parezca.

Recuerdo cómo en 1991, se está repitiendo, eso sí a la moderna, lo que hicieron quienes tenían en sus manos la capacidad de manejar las ideas y sobre todo, de difundirlas. En la Edad Media, lo nobles que tenían a su servicio clérigos o laicos que sabían escribir y que manejaban el mensaje, ¿qué ocurrió? Los habitantes de las villas de entonces, simplemente villanos llegaron a ser convertidos, por el manejo de la pluma de entonces, en hombres necios, cobardes, implacables, sanguinarios, mentirosos; y los nobles, que no eran en aquella época más que los que tenían un título, llegaron a ser convertidos, por los medios de aquel tiempo, en los generosos, los valientes, los audaces, los magnánimos, los poderosos y hasta los guapos.

Y así ha ocurrido, creo que tiene razón Revel, la mentira sigue siendo la mayor fuerza que mueve al mundo.

La intervención que pronto terminará no es simplemente un recordatorio de un hecho que ocurrió y que tenemos que mantener vivo para obtener las experiencias y las lecciones de la historia; es y quiere ser, sí, un homenaje a quienes supieron cumplir su deber; un homenaje a quienes muchos más de los que se cree, habían aceptado el riesgo de la cárcel o de perder la vida cuando participaban alegremente en algo que ellos consideraban era el cumplimiento de su deber.

Creo que si estamos en un tiempo de reflexión, que si sentimos por todos lados la necesidad de un agrupamiento nacional para enfrentar los retos que dentro y fuera del país nos están llamando, es necesario pasar más allá de un homenaje; pero cómo, si Tlatelolco fue una profunda injusticia que ha quedado grabada para siempre en la historia de México. Si Vasconcelos tuvo razón cuando dijo que ni una sola injusticia podrá desaparecer, si no ha sido reparada.

Tenemos que tomar una decisión, por sobre el dolor, volviendo a éste una fuerza de redención por sobre la indignación que justamente nos estremece aún hacia la posibilidad de una reconciliación nacional, que solamente puede llegar cuando en alguna forma los mexicanos podamos reparar esta enorme injusticia.

***

El Presidente Senador Emilio M. González: El diputado Abel Vicencio Tovar, tiene la palabra.

El diputado Abel Carlos Vicencio Tovar: Señores legisladores: Creo que no hubiera valido otra intervención, después de la del senador Celaya, de corte.

Decía yo que me parece que no hubiera valido ocupar la atención de ustedes después de la intervención del senador Celaya no le estoy leyendo su futuro, del diputado Celaya, en relación con este tema. Nada más se impone alguna rectificación, porque me parece contradictoria su intervención en dos partes, por lo menos.

Habla, según su punto de vista muy lleno de luces que es el tiempo de la conciliación; pero se queja que los que subimos a esta tribuna estuvimos haciendo una especie de proselitismo y que empleamos una especie de maniqueísmo político. ¡Pues no es cierto!

Yo, ni siquiera pronuncié el nombre de mi partido. La senadora Ifigenia, me parece que fue muy seria en su exposición. Y ninguno de los otros compañeros que subieron aquí, ni siquiera insinuaron que la posición actual de su partido correspondiente ni con las víctimas ni en contra de los victimarios.

De manera que, pues eso que quede claro como una necesidad de congruencia, para que en realidad haya un principio de avance es este problema nacional.

Realizar otra búsqueda